Valle y Llano
El paisaje pareciera desplegarse en forma usual: el encuadre del valle y la planicie del llano. Pero
hay un glitch, la luz parpadea, las colinas no se alinean. ¿Desde dónde, a través de qué medio
estamos mirando? Capas de percepción, representación o aplicación perturban la escena. Los
altibajos del valle y el llano se reiteran en planos traslapados de espacio y tiempo. Sujeto y objeto
divergen, una luminiscencia se filtra por entre estratos de nubes, la oscuridad engulle el mar, un
volcán emerge al centro de una nueva perspectiva, una estrella fugaz cae más allá del campo visual.
Mientras tanto, a escala humana, las líneas de los cercos nos recuerdan las realidades del poder, la
propiedad, y las políticas de la representación que estas pinturas dramatizan.
En Valle y Llano, Myrna Quiñonez habita y cuestiona el ojo errante del pintor topográfico,
entretejiendo paisajes distantes y distintos en el espacio y el tiempo. Desde Sinaloa, Guanajuato y el
Valle de México a las marinas y escenas pastorales de Constable o Turner y el sublime alpino de
Casper David Friedrich, los títulos descriptivos de Quiñonez – Mañana Gris con Grandes Montañas;
Vista en Santa Catarina de Cuevas – posicionan esta serie en la tradición topográfica del tour
pintoresco, que unía sitios y vistas en una lógica óptica enmarcada por la separación entre el
observador y la escena y su dominio sobre esta.
Borroneando las distintas geografías culturales de México y el Reino Unido, la práctica referencial de
Valle y Llano alude a la tradición mexicana de paisajismo ejemplificada por José María Velasco,
cuyas pinturas de erupciones volcánicas en el valle central de México son comparables a los
experimentos de Turner con la sublimidad atmosférica. La composición cruciforme y la referencia a
las cruces de montaña, mientras tanto, invocan el énfasis espiritual de Friedrich. Esta renovación
crítica de la tradición paisajística colonial entre México y Europa revisa los elementos genéricos
“valle” y “llano” que implican la naturaleza iterativa del tour; estas formas se repiten, superponen y
traslapan, cuestionando así la posibilidad de una escena o perspectiva única.
Modernidad y tecnología no comprenden las enormes escalas de tiempo de montañas y volcanes,
mientras lo elemental y lo tecnológico se superponen a través del estilo palimpséstico distintivo de
Quiñonez. Moldeando y estratificando sus materiales da forma a la conjunción no lineal de paisajes
decimonónicos y medios contemporáneos. Trasladados a la tela, los elementos básicos de lo terrenal
y lo celestial, fuego y luz, aire y oscuridad, adoptan las texturas de la arena y la materia del mundo.
Para Quiñonez, la pintura paisajística hoy en día es una composición espaciotemporal que articula
intersecciones entre percepción, memoria y representación como procesos abiertos. Estas
innovaciones formales desestabilizan el ojo (y el yo subjetivo) que mira el paisaje, introduciendo
capas de mediación y reiteración que desplazan toda lectura establecida de una composición
singular.
Texto de Dan Eltringham; Traducción de Andrés Anwandter